
Son palabras de Bill Clinton oídas hasta la saciedad estos días en los informativos. "El hombre" al que se refiere es Barack Obama, candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Tras los escándalos de Clinton y la antipatía exterior generada por George Bush, el primer candidato negro representante de uno de los partidos mayoritarios en EE.UU. busca cambiar el estado de la economía del país, rechaza la situación militar en Irak y apuesta por mejorar la imagen que, entre otros, los europeos, tenemos del país. Su pretensión parece ser la de llegar a ser el nuevo Kennedy. Quiere devolver la ilusión al país y sacar las telarañas al sueño americano. Todo ello aderezado por el sentido de los estadounidenses del espectáculo. Blanquísimas sonrisas de dientes perfectamente alineados, público entregado, confetti, globos y banderas. Y sobre todo, frases cargadas de esperanza y de sueños, que desde esta descreída Europa nos suenan a infantiles y a poca sinceridad. Imaginad qué diríamos ante un discurso apasionado de Elvira Fernández o Sonsoles Espinosa. O pensad en los hijos de Rajoy y Zapatero preguntando a sus papás en medio de un campo de fútbol abarrotado de afiliados al PP o al PSOE que en qué ciudad están. Claramente no. Eso sí, nota al pie: es admirable la movilización y la cultura política de los estadounidenses. Sólo hay que ver los procesos de primarias.

En todo caso, nada que no hayamos visto en infinidad de películas. Presidentes y candidatos a presidente en el cine los ha habido a decenas y para todos los gustos: los superhéroes, salvadores del mundo, como Bill Pullman en Independence Day o Harrison Ford en su Air Force One. Los fantoches paródicos como Billy Bob-Thornton en Love Actually, Jack Nicholson en Mars Attacks, Peter Sellers en Dr. Strangelove o Kevin Kline en Dave. Los biopics, que indagan en la personalidad de un presidente más o menos real y que analizan con mayor o menor agudeza una situación política determinada o un periodo, como por ejemplo una campaña. Ahí se enmarcan las actuaciones de Anthony Hopkins en Nixon, John Travolta en Primary Colors, Bruce Greenwood en 13 Días, Jeff Bridges en The Contender o Michael Douglas en The American President. 
Los hay también que avanzan dos situaciones que se han producido en esta última campaña demócrata: el candidato de color y la aspirante a primera mujer al frente de la Casa Blanca. El que abrió la veda fue James Earl Jones en The Man. Le siguieron Morgan Freeman en Deep Impact y Dennis Haysbert en la serie 24. Entre las féminas está Geena Davis en Commander in Chief y Joan Allen, en su caso, intenta alcanzar la vicepresidencia en the Contender. Ha habido muchos más, la mayoría personajes secundarios y muy a menudo de poca fortuna: Stanley Anderson en Armaggeddon, William Hurt en Vantatge Point o Michael Keaton en First Daughter.
También en Europa, aunque de forma menos extendida, los cineastas se han interesado por los grandes mandatarios y la política. Churchill ha sido encarnado por varios actores, entre ellos Albert Finney o Timothy Spall. Los franceses rindieron su particular homenaje a François Mitterrand en President Mitterrand, y los primeros años en Downing Street quedaron retratados en The Queen, de Stephen Frears. Éstos, entre otros en los que no destaca ningún español a excepción, quizás, del general Franco. Pero ciñámonos a las democracias. Asignatura pendiente del cine español. Una de tantas.
