dilluns, 26 de gener del 2009

Aquí no hay playa... y qué, y qué?

Madrid té un metro fantàstic, gresca i xerinola per donar i per vendre de dilluns a diumenge si estás "in the mood", les seus de les principals empreses del país, administració de l'Estat, de la Comunitat, del Municipi (punyalada va, punyalada ve, això sí). Sí, sí, pero aquí no hay playa! I un colló! Amb les comunicacions actuals tens la platja i el que et vingui de gust a tocar de pedra. Que sí, que sí. Que els madrilenys han pres la cartera a la resta de l'Estat, i el mes fotut és que amb el vistiplau de la majoria de castellans, extremenys i altra fauna ibèrica. "Hombre, es que es la capital", diuen. Doncs res, deixa de plorar perquè has d'anar a Madrid si t'han d'operar o si no t'arriba ni un trist autobús al poble.

Un dels efectes del "todo para Madrid" és que la ciutat és en un focus d'atracció de gent de la pell de brau. En l'any que porto en aquesta ciutat, crec que no he conegut un sol madrileny (gatos es fan dir ells), cosa que em fa preguntar si existeixen de veritat. Mira que si són un invent? Gallecs, castellans de tota mena (Burgos, Soria, Valladolid…), andalusos… És cert que històricament aquesta gent sempre ha anat a parar a la capital, però no m'ho imaginava gens d'altres indrets. Perquè de catalans i bascos a Madrid n'hi ha sota les pedres. És cert que l'euskera no se sent gaire, coses de que no es parli gaire ni tan sols al País Basc. Però bascos n'hi ha. I molts. I la nostra dolça llengua… senyors i senyores, a cada cantonada! I no estic parlant de turistes. Gent que com una servidora, viu en aquesta ciutat.

Aquest mateix matí al metro dues noies tenien una fantàstica conversa sobre que no para de ploure i no se'ls assequen els llençols. L'altre dia una parella parlava de la factura d'Iberdrola mentre esperàvem que el semàfor del davant de la seu del PP es posés verd. No vaig prestar molta atenció a què deien, però en un moment determinat em vaig girar un moment cap a ells discreta. La noia es devia pensar que jo era una espècie de fatxilla recriminadora de les llengües cooficials de l'Estat perquè em va engegar un "sí, es catalán, qué pasa!". Jo, amb cara de flipada li vaig dir que em semblava genial (és clar, en català), cosa que la va fer posar de tots colors. Em va dir que havien tingut un parell d'experiències desagradables amb el tema i que per això havia reaccionat així. He de dir que de vegades m'han mirat no sé si emprenyats o simplement encuriosits quan parlo català al carrer. No sé si és que jo passo, però a veritat és que mai ningú no ha estat desagradable. En fi, històries vàries per dir que Madrid està plagat de catalans. La darrera, una companya de Polítiques que fa poc que ha aterrat per aquestes terres.

Gent en general la qual està disposada a canviar de residència per tenir una feina que s'adequa més al seu perfil o als seus gustos. Molts marxen a l'estranger a la recerca d'oportunitats. Però ei nois, molts es queden aquí. En fi, vist des de la perspectiva de país, un drama. Una servidora, que en algun moment voldria retornar a Barcelona, cada cop ho veig més pelut.
Foto 1: el centre d'Espanya
Fotos 2 i 3: dues vinyetes d'en Ricardo publicades a El Mundo. M'hi he aficionat.

dijous, 15 de gener del 2009

Reencontrando a Max Estrella

Pisar un teatro es un chute de buenos recuerdos, de emociones ya casi olvidadas. Al mirar el escenario siempre viene a mi memoria la visión fantasmal de Miriam interpretando a Inés de Castro; a Jamie, serio y severo como nunca aterrorizándome con los ojos claros del Pedrosa de Mariana Pineda; Jordi, estrujando su vis cómica con ese ladrón absurdo salido de la pluma de Darío Fo; Xènia, increíblemente metamorfoseada en hombre en Esquina Peligrosa de JB Priestley; o Sandra, cuchillo en mano, dispuesta a arrebatárselo todo a Pedro de Portugal. Y desde el patio de butacas, siempre Montse, dirigiendo y pasándolo mejor y peor que los propios protagonistas.

Sobre un escenario he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida. Cada viernes, al salir del instituto y posteriormente de la universidad, entre un grupo de personas que destilábamos una química especial. Ver y hacer teatro. Porque también éramos espectadores asiduos (bueno, tan asiduos como nuestra paupérrima economía y la carestía de este arte nos permitían). De aquél entonces guardo mi primera visión de una obra de Lorca, de Lope de Vega y sobre todo, de Ramón María del Valle-Inclán. Primero fue Martes de Carnaval, obra escrita en tres esperpentos. Y luego, Luces de bohemia.

Nunca había disfrutado tanto con un espectáculo, aunque supongo que tendemos a idealizar esos momentos que tanto te tocan y que están tan lejanos (15 años, quizás?) Ayer recuperé Luces de Bohemia con Y y con Guipu. El texto sigue tan espléndido como siempre, pero la fascinación cuando cayó el telón no fue la misma. La escasez de presupuesto o las ganas de innovar convirtieron el paupérrimo Madrid de los 20 en un juego de biombos. Original, pero menos auténtico. Demasiado sencillo y minimalista, cuando la compleja obra de Valle-Inclán requiere derroche de imaginación escénica. La mayoría de los actores estuvieron correctos en los numerosos papeles que les tocaron a cada uno, especialmente Don Latino, perro lazarillo cínico y canalla. Y menos inspirado Max Estrella, paradigma del intelectual menospreciado por la España inculta.

Será que cada día tengo el morro más fino. O que me estoy haciendo vieja.

dilluns, 12 de gener del 2009

De donde no se vuelve

Madrid se congela. El manto blanco de la nevada del viernes todavía aguanta sobre parques, parterres, tejados y esquinas olvidadas por el sol. No hay ni una sola nube en el cielo y al mediodía, los tibios rayos de luz te acarician más que la cara, el alma. Pero llegan las cinco de la tarde, se acaba el respiro y todos los termómetros lucen con un chillón signo negativo.

Entre semana una sale de la oficina con ganas de aire fresco, pero tras andar veinte pasos el aire helado y seco te hiela los pulmones y el frío se extiende a todo el cuerpo. Metro y para casa. Sin embargo cuando llega el sábado las paredes del piso parecen encoger y no hay Celsius ni Farenheid capaz de mantenerte en casa pese a que El Retiro recuerda al Bygeland de Oslo en lo más crudo del crudo invierno. Y es entonces cuando piensas en todas las recomendaciones que has ido coleccionando y que van a sacar de cartel. Y te plantas en la puerta del Reina Sofía con cara de frío ante el de seguridad para que te deje quedar a cubierto mientras esperas a que llegue la persona con la que has quedado. El guarda te sonríe y te busca un rinconcillo donde engañar al aire gélido que se cuela por la puerta.

Y te metes a ver la exposición de fotografías de Alberto García-Alix que lleva el melancólico título de De donde no se vuelve. La temperatura de las salas te revive, pero ante la visión de las primeras fotografías el frío vuelve a golpetotes racheados. La mayoría son retratos en blanco y negro de su pandilla de juventud y de gente que se cruzó en su camino en el apogeo de los excesos de la movida madrileña. Unos ochentas dominados por la locura, el descaro, la creatividad y, también, o sobre todo también, por la heroína. Sexo, drogas, motos, tatuajes y mucho rock'n'roll.

"¡Hay que bailar! Y eso hicimos la mayoría de la pandilla. Tere y yo, Willy, Fernando, Rosa, Chito y Magui, Manolo... / Bailar con dragones de color dorado. / Noche y día, alimentamos un demonio por nuestras venas. / Años con la sonrisa muerta en las pupilas y el corazón desbocado. Anestesiamos amor y dolor. / La heroína funde tiempo y espacio. Destruye toda ambición de ser... // Esa es su fuerza. / La heroína tiene un precio. / Hay que pagarlo. / Mala suerte y dolor".

De donde no se vuelve recorre ese pasado de frenesí dominado por las jeringas y los amigos que ya no están. Sin embargo no es un homenaje a esos excesos ni destila ningún romanticismo sobre la muerte. Sus retratos, expresivos y punzantes, desprenden más dolor que nostalgia. Y por si no fuera suficiente con las instantáneas, el propio García-Alix cierra la muestra con sus propias palabras en un vídeo lírico y macarra en el que se confiesa como fotógrafo.

"Un fotógrafo no inventa realidades, produce tipologías de miradas para enfrentarse a ella"

No hay como ser bueno en algo, aunque todo tiene su precio. Hoy os dejo con The Wrestler, de mi querido Springsteen en su versión más intimista, ganadora del Globo de Oro a la mejor canción. No sé si seria una buena banda sonora para la muestra, pero a mi se me antoja adecuada.
Foto1: El Retiro tras la nevada del pasado viernes.
Foto2: Autorretrato de Carlos Gargía-Alix.

dijous, 8 de gener del 2009

Noches de arándanos


Siempre me ha sorprendido el tirón de los estadounidenses por las tartas. Será que el dulce no es mi sabor. Hay excepciones. El carrot cake de nuestro local preferido de Londres y el tiramisú hecho con cariño. Los yanquis, por el contrario, tienen debilidad por sus pies y parece que no conciben una buena comida sin un pedazo de tarta. Manzana, chocolate, mermeladas varias y frutos del bosque. Concretamente al pastel de arándanos –la tarta que menos clientes piden los clientes y que queda en el mostrador- es al que se acostumbra la protagonista de la última película de Kar Wai Wong. La càlida, sonora y heartbroken Norah Jones visita cada noche la cafetería que regenta el también herido Jude Law en Nueva York para compartir soledades y mordiscos de blueberry.

Desde allí, la buena de Norah emprenderá un viaje para tratar de reencontrarse que la llevará por Estados Unidos. Y Jude se quedará esperando en la cafetería. Ahí empieza una road movie de lo más atípico. Una road movie en la que el camino no es un fin en sí mismo. Las experiencias, las personas encontradas, la felicidad, el sufrimiento, el dolor y las alegrías sentidas en la carretera no parecen ser el objetivo del viaje. Es todo lo contrario a la Ítaca de Kavafis. Aquí el fin del trayecto acaba siendo lo importante, quizás por un guión mal hilvanado, aunque con momentos sentidos y de una belleza visual sorprendente.

No hay un solo plano en My blueberry nights que no desprenda belleza. Es todo tan hermoso como soñado. Tanto que parece algo irreal. Mi compañero de butaca se debatía a la hora de decir cuál de los personajes era más arrebatador. El premio, que una servidora comparte, fue otorgado a Rachel Weisz. Simplemente sobrenatural. No obstante, Law, Jones, Portman i Straithairn no se quedan lejos. Demasiado bonito para ser verdad.

Releo lo escrito y me parece que estoy siendo demasiado dura con el director de Shanghai. Lo cierto es que My blueberry nights sin ser redonda es una película totalmente hipnótica y sugerente. Mentiría si dijera que salí del cine sin un buen sabor de boca y queriendo saber más sobre alguna de sus historias y sus personajes. No obstante, otros momentos son menos inspirados y evocadores. Problemas de haber puesto el listón tan alto con algo como In the mood for love (Deseando amar).